jueves, 24 de junio de 2010

Etiología de la delincuencia sexual (teoría de Marshall)

Marshall W.L. (2001) ha expuesto una teoría, la llamada “teoría del afrontamiento”, que postula la existencia de unos patrones de relación destructivos entre padres e hijos y cómo esto provoca en los niños implicados un posterior afrontamiento distorsionado ante el estrés en presencia de unos determinados factores facilitadores.
Marshall tambien propone por influencias biológicas. Idénticas vías neuronales se utilizan en la agresión y en el comportamiento sexual. Existe evidencia de que los esteroides sexuales se encuentran aumentados en los agresores sexuales de niños y en algunos agresores pero no en todos.
A lo largo del proceso de socialización los varones no agresores aprenden a inhibir la conducta agresiva para conseguir sexo. Si embargo, algunos fracasan en ese aprendizaje como consecuencia de los siguientes factores:
  1. Experiencias en la infancia. Una relación paterno filial pobre puede derivar en un comportamiento sexual delictivo. Los delincuentes sexuales han tenido problemas con sus padres cuando eran niños. Los chicos que se convierten en violadores viven en un contexto de abuso, donde son frecuentemente y severamente castigados de forma aleatoria por motivos que rara vez están relacionados con su mal comportamiento. Los violadores no se identifican con sus padres (con ninguno de los dos). Estos padres anómalos son agresivos, alcohólicos y tienen problemas con la ley y, como consecuencia, sus hijos acaban reproduciendo sus mismos comportamientos.
  2. Diversos autores han descubierto que los problemas de apego que se producen entre madre e hijo predicen una conducta antisocial mientras que los problemas de apego que se producen entre padres e hijo producen agresión sexual en la edad adulta.
  3. Vínculos paterno-filiales. A través de sus padres los niños aprenden no sólo que pueden esperar de los demás sino tambien las actitudes y conductas que facilitan o impiden el establecimiento de lazos afectivos.

Existen tres formas diferentes o estilos de apego del niño como reflejo de la sensibilidad del cuidador hacia el niño:
  • Seguro.
  • Evitativo.
  • Ansioso ambivalente.
Los niños que muestran unos vínculos evitativos en la edad adulta, no se enamoran y muestran fuertes vínculos amorosos con nadie.
Los chicos con un historial ansioso ambivalente suelen tener relaciones cortas y superficiales.
Los que muestran un estilo de apego evitativo o ansioso ambivalente durante la infancia, de adultos dieron una puntuación alta en la “Escala de evitación de la intimidad” (Avoidance of Intimacy Scale, Feeney y Noller, 1990).
La capacidad para establecer relaciones intimas y maduras depende, según los teóricos que estudian dichos vínculos afectivos de la calidad de las relaciones entre el cuidador y el niño durante los primeros años de su infancia.
Marshall señala que los delincuentes sexuales carecen de relaciones estrechas en sus vidas y como consecuencia se sienten solos. Cabe señalar que la soledad emocional es un fuerte predictor de la ira y la hostilidad general, de la hostilidad especifica hacia las mujeres y finalmente de la agresión no sexual.
Los violadores, los agresores sexuales de niños, los delincuentes que cometen incesto y, finalmente, los exhibicionistas muestran déficit significativos en sus relaciones interpersonales y están extremadamente solos.
Bertholomew (1996) define los siguientes estilos de apego:
Estilo seguro. Confían más en su capacidad de dar y recibir amor, se relacionan adecuadamente con los demás y finalmente piensan que los otros tambien son capaces de amar.
Estilo inseguro. Uno de estos estilos:
  • Estilo preocupado. Define a alguien que no se ve digno de inspirar amor, aunque si reconoce a los demás esta cualidad. Estas personas llamadas ansioso ambivalentes, desean firmemente establecer vínculos emocionales estrechos, pero acaban retrayéndose por miedo al rechazo, cuando alguien se acerca demasiado a ellos.
  • Estilo temeroso o evitativo. Define a una persona que cree que no merece ser amada y, a su vez, duda de la capacidad que tienen los demás para amar y, por consiguiente, busca relaciones superficiales.
  • Estilo despreciativo-evitativo. Que se caracteriza por tener un gran concepto de si mismos pero infravaloran a los demás y, por consiguiente, son explotadores en sus relaciones.
Los delincuentes sexuales tienen más probabilidades de desarrollar uno de estos tres estilos de apego inseguro.
En resumen, un vinculo inseguro entre padre e hijo vuelve vulnerable a este último, convirtiéndolo en un sujeto falto de autoestima y de habilidades de afrontamiento y resolución de problemas, egocéntrico y con escasas y pobres relaciones sociales, debido a la falta de empatía. Todo ello hace que sea incapaz de satisfacer sus necesidades sexuales y afectivas de forma adecuada.
Un número muy alto de delincuentes sexuales manifiestan haber sufrido abusos sexuales durante la infancia. Ademas de las nefastas consecuencias, el abuso sexual infantil puede crear en niños vulnerables y emocionalmente necesitados ciertos sentimientos de placer o bienestar. Aunque estos niños no son los únicos que padecen abuso sexual, es al ellos a los que los agresores buscan, para reducir la probabilidad de que éstos los denuncie.
el modelo niño-adulto más el placer derivado de los aspectos físicos del abuso pueden explicar por qué las relaciones abusivas durante la infancia pueden llevar a una víctima vulnerable a convertirse en un agresor sexual.
Otra forma en la que el sexo puede convertirse en estrategia de afrontamiento es durante la adolescencia. Cuando el sexo (en este caso la masturbación) es utilizado como modo de escapar de la miseria y las frustraciones del entorno, de inmediato se convierte en una forma de afrontar todos los problemas (en el muchacho). Esto sucede porque en términos de condicionamiento, el sexo es reforzado tanto negativa (forma de escapar de los problemas) como positivamente (placer sexual).
De esta forma el sexo según Marshall acaba convirtiéndose en un modo habitual de afrontar todo tipo de dificultades, incluido el malestar emocional.
Marshall explica que su grupo de investigación ha demostrado que los agresores sexuales utilizan el sexo como principal mecanismo de afrontamiento ante cualquier dificultad.
Una vez la disposición a agredir se ha consolidado, cualquier reserva que pueda existir frente frente a la misma puede desaparecer bajo una serie de influencias.
Se ha demostrado como determinados estados de animo como la depresión, la ansiedad y la sensación de soledad incrementan las tendencias desviadas de los agresores sexuales.
Las fantasías sexuales desviadas de los agresores aumentan cuando se sienten solos, deprimidos o rechazados por una mujer. Tanto la intoxicación por alcohol como la ira desinhiben la represión de actos sexuales desviados.
Solo los hombres predispuestos a agredir aprovechan la oportunidad cuando esta se presenta. Una vez la agresión se ha consumado, es muy probable que el agresor la repita en su fantasía, recordando sólo aquellos aspectos que sucedieron tal y como había planificado. Repetir esas fantasías durante la masturbación reforzara los aspectos gratificantes del abuso, y otros negativos como el miedo a ser detenido o la resistencia de la víctima, serán poco a poco eliminados.

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